Capítulos 1 y 2

Capítulo 1

Hay lugares que no cambian, y por eso son peligrosos. Porque si el lugar no cambia, entonces lo que duele no es el paisaje. Eres tú.
Lo que fuiste, lo que no fuiste. Lo que pasó allí.
La casa seguía igual. El camino, igual de enrevesado. Las habitaciones, donde siempre. La terraza, la piscina, las puertas que chirrían. Todo esperando.
Como si los años no contaran. Como si al cruzar la puerta, todo lo que intentaste olvidar regresara puntual.
Como si aquella vez también lo fuera a ser.

Llegar a esa casa no era solo cuestión de orientación: era un acto de voluntad.
No bastaba con saber el camino, haberlo recorrido docenas de veces o tenerlo memorizado en un GPS bajo un nombre irónico como Summer Paradise. Algo siempre fallaba: una curva que se tomaba con demasiada confianza, una señal oxidada que pasaba desapercibida, un desvío tomado por inercia. Como si el trayecto, más que una ruta, fuera una prueba: solo llega quien está dispuesto a recordar. A revivir. Y a hacerlo todo el rato.

La casa estaba en lo alto de un cerro, en una montaña sin apenas vegetación. Seca. Anodina. El paisaje hacía tiempo que había renunciado a impresionar a nadie. Pero la casa lo compensaba.
Era un casoplón enorme, construido con descaro y cariño, con espacio para todos, con habitaciones de sobra, con una cocina con isla que invitaba a cocinar en grupo, aunque nadie quisiese, con una terraza demasiado grande para el silencio y una piscina muy necesaria para aguantar aquel calor. Todo en ella parecía haber sido diseñado para reunirlos y retenerlos. Como si el lugar, más que una vivienda, fuera un argumento para seguir volviendo.

Había algo en su manera de aparecer —justo después del último momento en que uno se creía perdido— que dejaba claro que no se trataba solo de geografía. Era algo más. Algo que tenía que ver con el tiempo, con el peso de volver al mismo sitio cada año, con esa sensación incómoda de que el cuerpo llega antes que la cabeza. Y que, quizá, esta vez, no era buena idea haber vuelto.

El primero en llegar, como casi siempre, fue Mateo. Aparcó mal. Dejó el coche en marcha. Bajó. Por la puerta abierta salió «La milonga del marinero y el capitán» de Los Rodríguez. Miró el porche vacío y volvió a subirse sin apagar el motor. Necesitó dos minutos de calma para recordar por qué lo hacía. Luego bajó. Apagó. Suspiró y sacó las bolsas.

Del portón abierto del maletero seguía sonando la música.

«Llegó la noche, llegó el champán, llegó la hora de la verdad…»

—Otra vez el primero. Qué ironía… —murmuró.

Había polvo en el aire, olor a madera encerrada y algo rancio en las cortinas que les esperaba año tras año. Mateo abrió ventanas, puso a enfriar las cervezas, dejó el vino sobre la mesa, encendió el equipo de música y puso la lista. La misma lista de reproducción desde hacía 18 años: Camilo Sesto, Queen, LODVG, Lou Reed.

Se rio solo.

Cuando llegó Marina, Mateo ya había llenado la nevera con las bebidas. Camilo Sesto cantaba a dúo con Mateo.

«Vivir así es morir de amor, por amor tengo el alma herida…», berreaba cuando notó un fuerte olor a carne. Intenso. Invadió la casa.

Venía directa de su carnicería, con bolsas térmicas llenas y las mangas remangadas como si acabara de pegarse contra una banda callejera. Se abrazaron sin decir mucho. Lo justo.

—¿Ya hay cerveza fría o tengo que matarte? —preguntó ella, descargando sin quitarse las gafas de sol.
—Primero lo segundo. Luego ya veremos.

La casa volvió a la vida poco a poco, como cada año, como si no hubiera pasado nada desde la última vez. Como si todo fuera a repetirse exactamente igual. Aunque todos sentían que no era así. El siguiente en llegar fue Jordi, con su coche polvoriento y su chaqueta de cuero en pleno agosto. Bajó con su sonrisa automática, esa que parecía venir de fábrica. Saludó rápido, abrazó con fuerza y se sentó en un taburete de la cocina sin preguntar.

—¿Santi aún no ha llegado? Qué raro. Pensaba que veníais juntos —dijo Marina.
—No, este año, cada loco con su coche. —Jordi cogió la cerveza de Marina y bebió sin mirar—. Por lo menos no me perdí. O no mucho.

Después llegó Teresa. Dejó la maleta en la puerta. Entró cargada con dos grandes bolsas mientras deambulaba con ellas colgadas en los brazos y hablaba por teléfono. No saludó hasta colgar. Luego lo hizo con besos rápidos y comentarios prácticos sobre las provisiones.

—He traído café, pero del bueno, no esa mierda que compráis siempre. Y hielo. Y muchos limones. No me preguntéis por qué.

Detrás venían Paula y Rafa. Ella tarareando algo de Alaska, él quejándose del calor y del precio de la gasolina, como si no llevara años haciéndolo.

—Yo no sé por qué no venimos en invierno —decía Rafa—. Esto en enero sería gloria.
—En enero estaríamos muertos de tristeza, Rafa —dijo Paula—. Y aquí venimos a fingir que aún nos queremos.

Paula no entraba en los sitios: aterrizaba. Era una ráfaga de aire cálido, caótica e imprevisible, pero siempre necesaria. De ojos rasgados y marrón claro, pómulos sonrosados y una energía imposible de ignorar. Llevaba muchos años en su empresa de diseño gráfico. Malabarista emocional por naturaleza, saltaba de idea en idea y usaba su humor rápido y generoso como escudo para caminar sobre brasas. Era el motor involuntario: rompía silencios densos, decía lo que nadie se atrevía y devolvía ligereza justo cuando todo parecía a punto de quebrarse. Pero también era frágil, incapaz de pedir ayuda, refugiándose en la risa y el absurdo para no admitir lo que dolía.

Las risas empezaron a llenar los huecos. Las mochilas y maletas se fueron apilando en el recibidor y los botes de cerveza vacíos en la encimera.
Ricardo llegó sin hacer ruido. Como si no quisiera molestar. Aparcó lejos del porche, bajó del coche con las gafas oscuras puestas y se detuvo un instante antes de entrar, como quien necesita prepararse para ver a alguien que ya no está. Marina lo vio desde la cocina, pero no dijo nada. Estaba en el dintel, quieto, con el cuerpo tenso y el gesto que arrastraba más pasado que mochila. Sabía lo que era entrar en una casa llena de recuerdos con nombre y apellidos. Sabía que a veces dolía más la cara de alguien que no dice nada que un grito. Ricardo no dio un paso. Solo esperó. Marina le sostuvo la mirada. No hubo gesto, ni sonrisa, ni saludo. Solo un leve asentimiento de cabeza. Le bastó.

Él lo entendió como un permiso, o algo parecido. Tal vez un pacto silencioso. Entró. Con ese miedo que no se nota en la espalda, pero pesa en la garganta. Con esa decisión temblorosa que se parece a la valentía. Como si algo no resuelto acabara de cruzar la puerta con él. Hubo gritos con su entrada, pero él saludó con una sonrisa discreta, uno por uno, sin alardes ni bromas. A Marina le sostuvo la mirada un segundo más, pero no dijeron nada. Llevaba dos bolsas con pan de pueblo, fruta de sus campos y una docena de tabletas de chocolate.

—Aportando lo esencial —dijo Mateo, al ver lo que tenían las bolsas.
—No sé vivir de otra forma —respondió Ricardo, dejando todo sobre la encimera.

No se sentó. Se quedó de pie, como si todavía no fuera del todo suyo el lugar que ocupaba.

Y aún faltaban por llegar Luisa, Elena y Santi. No eran los más caóticos, pero sí los que hacían que la casa se inclinara un poco cuando cruzaban la puerta. Quién más y quién menos traía marihuana, algo de M, una bolsita de farlopa mal escondida…

Xavi fue el último. Como casi siempre. Aparcó sin prisa, bajó del coche con una mochila al hombro y una calma que no era del todo suya. Cruzó la puerta de la cocina sin mirar a nadie directamente. Saludó con un gesto suave, como si no quisiera interrumpir lo que fuera que ya estuviera pasando. Nadie le preguntó por qué llegaba tarde. Nadie le pidió explicaciones.

Y él lo agradeció.

Mateo le pasó una cerveza sin decir palabra. Xavi la cogió, asintió levemente y se sentó en el poyete de la ventana, mirando hacia dentro. O hacia lejos. Dentro, sonaba R.E.M. o Maná o Queen o tal vez Celtas Cortos. Ya daba igual; el verano, oficialmente, había empezado.

—¡ATENCIÓN! Alguien va a echar de esto… —dijo Ricardo buscando atención, con las manos en alto.

Y como cada año, Ricardo volvía a robarle a su padre una garrafa de plástico turbio con cinco litros de herbero. Todos gritaron y aplaudieron, como si se hubiese activado un interruptor invisible. La reunión ya estaba completa.

Capítulo 2

Durante la siguiente hora, la casa se llenó de pasos, bolsas abiertas, gente corriendo por los pasillos y discusiones logísticas que ya eran parte del ritual.

—Yo quiero la de la esquina, la que da a la montaña —dijo Teresa.
—Esa es nuestra desde 2013 —respondió Paula, ya con su mochila dentro.
—Yo solo pido que no me toque dormir con quien ronca —anunció Luisa.
—Entonces duermes sola, cariño. A la buhardilla. —le dijo Rafa, pasando cargado con cinco packs de cervezas.

Mientras, Marina abría aquella nevera industrial y movía las manos como quien monta un puzle de memoria. Mateo había colocado ya los embutidos, el queso y las botellas etiquetadas. Ella lo reorganizó todo sin decir una palabra.

—Gracias por intentarlo —le dijo a Mateo mientras reubicaba los limones.

En el pasillo, Jordi colgaba sus camisas en perchas con una meticulosidad pasmosa.

—¿Vienes a un desfile o a una orgía rural? —preguntó Santi, pasando por detrás.
—No están reñidos —respondió Jordi.

Luisa dejó su maleta en el suelo de la habitación más pequeña, con aire de mártir.

—A mí me da igual, total, solo vengo a dormir y a vigilaros a todos —dijo. Nadie se lo discutió.

Y mientras se repartían las camas, elegían las bebidas y sus ojos mostraban miradas cómplices, la casa, una vez más, comenzaba a llenarse de esa extraña energía que solo aparece cuando todo el mundo finge que nada ha cambiado.

La música seguía sonando. «La barbacoa» de Georgie Dann levantaba la pereza que suponía compartir ese fin de semana.

—¿En serio? ¿En serio otro año de Georgie Dann? —gritó Luisa desde la buhardilla.
—¡Es la canción de Marina! —respondió Jordi.
—Qué tonto eres… —dijo Marina.
—¿Que no? —gritó Paula desde el pasillo—. Que ricos los chorizos parrilleros —cantó.
—¡LOS CHORIZOS PARRILEROS! —corearon todos.
—Que ricas las salchichas a la brasa —seguía Paula.
—¡LAS SALCHICHAS A LA BRASA! —continuaban cantando.
—¡Irse al peo’! —escupió Marina, aguantándose la risa.

En la habitación grande de la esquina, con vistas a la montaña y una gran cama doble que chirriaba incluso antes de usarse, dormían Paula y Teresa. Llevaban años compartiendo cuarto sin ser especialmente amigas, o al menos no en el sentido clásico de confesiones eternas y abrazos a deshoras. Cada año discutían por la ventana abierta o cerrada, por la lámpara encendida o apagada, y cada año lo hacían con más cariño, como quien sabe que esas pequeñas batallas forman parte del pacto silencioso de permanecer cerca. Dormían juntas porque estaban cómodas así, porque, aunque en apariencia fueran muy distintas, se reconocían en lo esencial. Ambas arrastraban una vulnerabilidad ahogada que no solían enseñar y, de algún modo, compartir espacio era una forma de no estar solas sin tener que explicarlo. Se admiraban mutuamente, casi sin saberlo, como quien envidia algo que anhela, pero no es capaz de reconocer en sí misma. Y aunque ninguna lo habría dicho en voz alta, se necesitaban más de lo que se permitían admitir, aferrándose a esa costumbre sencilla como quien se aferra a una frontera segura en un mapa que cambia cada año un poco más.

Hablaban de habitación a habitación:

—¿Esto es todo lo que has traído? —preguntó Teresa desde el pasillo.
—Tres camisetas, dos bañadores y la esperanza de no sudar tanto —respondió Mateo desde su cuarto.
—Yo he traído más bragas que días —añadió Paula, cerrando la cremallera sin levantar la vista.
—Por si acaso el apocalipsis.
—¿Y tú qué has traído, Luisa? —preguntó Jordi.
—Expectativas moderadas —contestó ella, desde arriba.

Antes de salir de la habitación, Paula golpeó suavemente la puerta del baño.

—¡Teresa, voy bajando! —dijo, canturreando, como si todo fuera una broma privada.

Desde dentro, Teresa respondió con un «vale» apenas audible.
En el baño de arriba de la casa, Teresa se miraba al espejo sin prisa. Con las gafas torcidas, el pelo corto y rizado revuelto por el calor y esa camiseta que tantos veranos había vivido, recolocándosela como podía en medio de la humedad. Farmacéutica de formación y de carácter, había aprendido a ordenar también emociones, aunque esa cuerda tensa que llevaba dentro nunca terminara de aflojarse del todo, ni siquiera en los días más felices. Pensó en sus hijos, en su ex, en todas las veces que había querido pedir ayuda y no lo hizo, no por falta de necesidad, sino por ese miedo aprendido a exponerse. Se echó agua fría en la cara, colgó una toalla fina en el toallero, se ajustó las gafas y, antes de bajar, cogió un abanico. Se abanicó un segundo, con gesto distraído. A veces, pensó, sobrevivir también era eso: ofrecerse un poco de aire a una misma, aunque no lo pidiera.

Se cruzó en la escalera con Elena y Rafa, que charlaban sobre la falta de organización.

—Tendríamos que hacer un horario —dijo Elena, desde la puerta de la casa.
—Qué miedo me da esa frase viniendo de ti —contestó Rafa.
—Un horario de comidas, compras, duchas… cosas básicas —insistió Elena.
—Yo propongo un horario para ignorar el horario —replicó Jordi desde el baño—. Lo mío va por turnos.

En la habitación de al lado, con dos camas y un baño propio, estaban Jordi y Rafa. Jordi colgaba sus camisas y vaciaba su maleta para ordenar la ropa, como si el espacio bien colocado fuera una condición mínima para poder respirar. Rafa, en cambio, tiraba la mochila en el suelo, dejaba las zapatillas cruzadas donde caían y convertía el cuarto en un mapa de desorden en cuestión de minutos. Y, sin embargo, el verdadero problema no era el caos: era el ronquido de Jordi. Profundo, inapelable, como si arrastrara una queja Lorquiana. Rafa ya lo sabía y llegaba preparado cada verano, armado con tapones de silicona, auriculares con cancelación de ruido y una resignación afectuosa, como quien asume que algunas batallas no se pueden ganar y tampoco merece la pena librarlas.

Se llevaban bien, quizá porque sus diferencias nunca pretendieron corregirse. Jordi era más rápido, más provocador en su humor, mientras que Rafa soltaba sus frases ingeniosas de manera casi distraída, con un estilo menos invasivo, más elegante en su puntería. Lo que podía molestarle al uno del otro quedaba en un segundo plano, porque cuando se quedaban a solas, era casi un ritual repasar al resto del grupo, discutir desde perspectivas opuestas y contradecirse sin ánimo de convencer. Se escuchaban, se pinchaban, se reían. Quizá ahí estaba el secreto de por qué, año tras año, seguían compartiendo habitación sin planteárselo: porque sabían que, entre todas las diferencias, el humor era un terreno donde podían encontrarse sin rendir ninguna bandera.

Jordi se dio cuenta de que se había dejado la bolsa con las zapatillas y chanclas en el coche. Soltó un bufido breve.

—Me he dejado las zapas —anunció, como si fuera una tragedia griega.

Rafa, tirado boca arriba en la cama, entrecruzó las manos sobre el pecho.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó sin moverse.

Jordi se rio por lo bajo mientras cogía las llaves del coche de la mesita.

—No hace falta —dijo—. Conmigo no tienes que fingir. Sé que no te apetece.

Lo soltó con esa media sonrisa suya, sin acritud, como quien agradece más la intención que el esfuerzo. Salió al porche mientras Rafa se acomodaba mejor en la cama, sin sentir la necesidad de justificar nada. Rafa era de esos que siempre acababan estando… pero casi nunca de motu proprio. Ante cualquier tarea, prefería esperar con su media sonrisa perezosa a que alguien pronunciara su nombre. Entonces acudía, con un suspiro exagerado y una excusa absurda en los labios: que si el menisco, que si la NASA, que si los años impares… Ingenioso como pocos, rápido de mente y de lengua, había perfeccionado el arte de escaquearse con simpatía. Era un profesor de secundaria de camisetas viejas, manos firmes y esa forma discreta de hacer fácil lo difícil. En el grupo era el que protestaba primero y ayudaba después, el que evitaba el dramatismo con una frase a tiempo, el que nunca se escondía si de verdad importaba.

—¿Siempre ha habido tantos escalones? —preguntó Marina, con el cuerpo apoyado en la barandilla.
—No, somos nosotros. Tenemos menos rodillas —contestó Ricardo, viendo cómo subía lentamente arrastrando su maleta.
—Yo subo dos pisos una vez al día y ya —dijo Luisa—. Si me dejo algo en la buhardilla, que me lo bajen.
—A este paso vamos a tener que alquilar una grúa —añadió Santi—. O medicarnos más.

Santi y Mateo compartían la habitación del fondo, la que daba a la terraza. Se ofrecieron antes de que nadie preguntara, como cada año, casi por inercia. Entre ellos había una buena relación, de esas que sobreviven al desgaste, aunque ya no pueda llamarse amistad íntima sin cierto esfuerzo de memoria. Hubo un tiempo en que fueron inseparables, cuando todo parecía más fácil y la vida todavía no les pedía explicaciones. Pero el primero en alejarse fue Mateo, cuando se marchó a trabajar fuera. No fue una ruptura, ni una discusión. Solo distancia. De esa que no se mide en kilómetros, sino en costumbres que se enfrían y en conversaciones que se van aplazando hasta que dejan de ocurrir. Aun así, seguían durmiendo juntos, más por hábito que por necesidad, por esa pereza sorda que impide desmontar lo que un día fue sustancial. Tal vez también por miedo a cambiar lo que ya daba igual cambiar, a enfrentarse a la evidencia de que aquel vínculo especial se había ido disolviendo sin que ninguno se atreviera a reconocerlo. No hablaban mucho. Se respetaban los silencios. Se pasaban la botella de agua sin mirarse. Ninguno dormía bien. Ninguno preguntaba por qué.

—Esto parece un mercadillo —murmuró Elena desde el pasillo, mirando las bolsas amontonadas junto a la puerta—. ¿Nadie sabe guardar sus cosas como un adulto funcional?
—Una de esas es mía —respondió Xavi, saliendo de la cocina con una galleta en la mano—. Ya la quito, no me mires así.
—Y las otras tres también tienen dueño, ¿eh? —insistió Elena, apuntando con el dedo sin moverse—. Que esto no es la consigna de Atocha.
—Esa de las asas naranjas es mía —dijo Luisa desde la escalera—. La subo cuando me acueste.
—Te la subo yo, va —añadió Paula, ya con media bolsa en brazos—. Total, si me da igual romperme una muñeca por la causa.
—Y la azul, ¿de quién es? —preguntó Xavi.

Elena la miró, frunció el ceño… y calló:
—Esa es mía —dijo al cabo de unos segundos—. Pero mi crítica sigue siendo válida. Sois un desastre.

En la buhardilla dormía Luisa. Sola. No porque lo pidiera, sino porque nadie se atrevía a compartir habitación con ella desde que una vez contó que le diagnosticó insomnio crónico a una compañera mientras dormía. Era la prueba de que se puede ser brutalmente honesta sin perder del todo la ternura. Rubia, de pelo liso y movimientos callados, desplegaba su presencia como quien extiende un mapa sobre una mesa: clara, inevitable, sin adornos innecesarios. Miraba el mundo como un Lego que podía desmontar en piezas pequeñas antes de intervenir; era psiquiatra clínica y analítica por instinto. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, era precisa, implacable y, si estaba cómoda, emocional. No tenía hijos, y cuando las conversaciones giraban en torno a familias y renuncias, se mantenía en un margen discreto, no con tristeza, sino con la lucidez de quien ha elegido un camino sin pedir permiso ni dar explicaciones.

Ricardo y Xavi se quedaban en la planta baja, en habitaciones contiguas. Ricardo lo prefería por su espalda, que ya no aguantaba escaleras inútiles. A Xavi, en cambio, casi lo habían obligado: después de la famosa borrachera de Nochevieja, decidieron que era más seguro tenerlo cerca de la cocina, del baño y de una cama alcanzable, aunque fuera arrastrándose. Dormían bien, no se molestaban, y a menudo se cruzaban en el baño sin hacerse preguntas, como dos piezas viejas que todavía encajaban de memoria.

Era viernes, pasado ya el mediodía, y la casa empezaba a cargar esa electricidad torpe del hambre y el calor. Todavía había mochilas abiertas por el suelo, bolsas de comida sin recoger y botes sudando sobre la encimera. Las puertas de sus habitaciones estaban abiertas, dejando que el aire circulara, aunque no aliviara gran cosa.

—¿Cómo va la vida? —preguntó Xavi desde su cama, con una voz algo más viva de lo habitual, mientras se desabrochaba las zapatillas con desgana.
—Tirando —respondió Ricardo, sonriendo para sí—. El trabajo bien. Mi padre igual: duro como una piedra, cabezón como siempre.

Xavi soltó una risa breve, sincera.

—Ya le toca relajarse, ¿no?
—No está en su vocabulario —contestó Ricardo, girando la cabeza hacia el techo.

 Y pensó, en silencio, en lo fácil que era hablar así con Xavi.
 Como si el tiempo no hubiera cambiado nada, como si el silencio de los últimos años no doliera.

Ricardo contraatacó, sin malicia:
—¿Y tú? ¿Qué tal Laura?

Xavi se tomó su tiempo antes de responder, como quien elige bien las palabras para no añadir peso.

—Se acabó. El trabajo me come demasiado. Para cuidar algo, primero hay que estar.
—Eso sí —asintió Ricardo, con la gravedad seca de quien entiende más de lo que pregunta.
—¿Y tú? ¿Tienes pareja ahora? —preguntó Xavi, con esa curiosidad tranquila que no exige nada.
—No cuaja ninguna —respondió Ricardo, soltando una risa breve.
—Se nos ha pasado el arroz —bromeó Xavi, con una mueca.
—Menos mal que tú al menos sabes hacer paellas —remató Ricardo.

Las dos risas cruzaron el pasillo tibio, se mezclaron con el olor a pan y lavavajillas, con el murmullo de vasos moviéndose en la cocina y el traqueteo de alguien rebuscando en la nevera. No habían comido aún, no habían ordenado apenas, pero por un momento, para Ricardo fue suficiente. Solo eso: estar.

Los baños eran cuatro, y estaban en guerra constante. El de la planta baja olía a naftalina y tenía humedad en el espejo. El del pasillo superior era amplio, pero con un grifo traicionero. El de la habitación de Jordi y Rafa, coto privado por imposición de Jordi; y el del fondo, entre la habitación de los menesteres y la despensa, que parecía un confesionario. Nadie admitía usarlo, pero siempre estaba ocupado. Mientras algunos seguían acomodando maletas y ordenaban neceseres, el núcleo duro empezaba a formarse en la cocina. Marina sacaba pan como quien se prepara para la guerra. Elena comprobaba que las cervezas estuvieran frías y repartía bajo demanda, moviéndose entre los demás con esa naturalidad suya que no reclamaba espacio, pero siempre terminaba ocupándolo de forma sutil.

Había nacido en un pequeño pueblo de Zamora, se había venido a estudiar Derecho a Valencia, buscando algo más que libros, aunque entonces aún no lo supiera del todo. Fue la última en incorporarse al grupo, pero se integró tan rápido que, al poco, parecía haber estado allí desde siempre. Años después, aunque ya no viviera en Valencia, seguía siendo una más, como si la distancia no hubiera conseguido despegarla del todo. Había sido DJ en bodas durante casi una década y ahora trabajaba como asesora legal en una empresa de organización de eventos, labor que odiaba menos de lo que admitía. Vestía ropa colorida, con un estilo cómodo y propio, y su humor frío y sarcástico flotaba como una corriente tranquila. Era calmada, atenta, pero cuando la buscaban, muy guerrera: sus respuestas eran dardos certeros impertérritos sin levantar la voz. Todos sabían que Elena era quien menos hablaba de sí misma y, sin embargo, la que más escuchaba, con esa facilidad suya para detectar cuándo alguien estaba a punto de mentir, como si pudiera leer las intenciones en la forma de respirar o en los silencios demasiado largos.

Santi sacó una bolsa de hielo y abrió el herbero como si fuera medicina ancestral.

—Este año, oídme bien, no pienso cocinar —dijo Marina, sin levantar la vista—. Lo dejo claro desde ya.
—Yo tampoco —saltó Mateo—. A mí me toca cada año porque no se me cae la paella al suelo. Eso no es criterio.
—¿Y si cocinamos todos un día? —propuso Elena, con la voz de quien ya sabe la respuesta.
—¿Y si chupamos cartones mojados en el aceite de las latas de atún? —dijo Ricardo, abriendo una bolsa de patatas con una sola mano.
—Podemos rotar, pero sin exigencias —añadió Luisa, ya con una copa en la mano—. No estamos en un concurso. Nadie va a ganar.
—Habla por ti —dijo Jordi, sacando de su mochila una tabla de cortar de bambú.
—Yo he venido a ganar, corazones.

Jordi trabajaba en una agencia de comunicación institucional, aunque cada año amenazaba con dejarlo todo para abrir un chiringuito en la costa. Dominaba el arte de lanzar ironías breves, afiladas, capaces de abrir grietas; y el don de parecer encantador incluso cuando no escuchaba a nadie, sumado a una capacidad sobrenatural para hacer daño sin esforzarse. Con su pelo corto, siempre recién cortado, degradado hasta un flequillo pulcramente definido, intentaba parecer liviano, casi un invitado ocasional en la dinámica del grupo, pero su presencia era inevitable; sus comentarios, punzantes y oportunos, terminaban marcando el ritmo de las conversaciones sin que pareciera buscarlo. Había sido el alma de la fiesta durante años, y todavía conservaba ese brillo de quien sabe que siempre puede decir la última palabra. Entre bromas, cortes de queso y primeras copas, se armó un tablero de turnos en una hoja de libreta. Nadie lo firmó. Nadie lo cumpliría.

La cocina —amplia, abierta al comedor y con grandes puertas acristaladas que daban a la terraza y la piscina— estaba ya llena. La luz era cálida, el mármol de la encimera se cubría de botellas abiertas, pan cortado, embutidos y risas cruzadas.

—¿Quién coño ha puesto el queso en el cajón de los cubiertos? —gritó Paula desde la despensa.
—Fue Rafa, que piensa que los lácteos necesitan privacidad —respondió Teresa sin mirar.
—Yo no he sido, pero si lo fui, tenía mis motivos —replicó Rafa, brindando con su tercer bote de cerveza.
—Tus motivos son un misterio que ni Luisa quiere resolver —añadió Elena.
—Porque algunos misterios prefieren quedarse sin diagnóstico —terció Luisa, abriendo la bolsa de hielo con los dientes.

Santi bailaba «Take Me Out» de Franz Ferdinand. Solo. Con un fuet en la boca y un trozo de pan en la mano.

«So, if you’re lonely, you know I’m here waiting for you. I’m just a crosshair…»

—¿Alguien ha traído más música o tenemos que bailar con los silencios de Ricardo?
—Mis silencios tienen más ritmo que tus playlists y tus diagnósticos —dijo Ricardo, sirviéndose herbero como si fuera zumo.
—¿Y la playlist va a ser la misma de siempre? —preguntó Mateo, mirando a su alrededor.
—¡Claro! —dijeron varios a la vez.
—Las tradiciones hay que respetarlas —remató Teresa, guiñándole un ojo a Mateo—. Da gracias de que ahora ya no hay que cambiar de CD.
—Como cocines como bailas, te toca fregar todo el finde —añadió Marina.
—Marina, tú no cocinas, tú ejecutas; lo conviertes todo en arte —dijo Jordi, con una reverencia fingida.
—¡Eso es cierto! —exclamó Mateo—. La última vez lloré comiéndome un costillar con su salsita y su cebollita… ¡Es que lloro!
—La cebolla eras tú, Mateo, que lloras con anuncios de yogures bio —apuntó Paula.
—Un yogur que me mira bien… ¿Y qué me ayuda al tránsito? Pues me emociona. ¿Qué queréis que os diga?

Las conversaciones cruzadas volaban por la estancia. Nadie terminaba las frases, pero todos sabían a qué se referían. Era ese momento en el que todos hablaban a la vez y, sin embargo, todo se entendía.

—Si alguien rompe una copa esta vez, que lo diga antes de marcharse, ¿vale? Que luego la fianza… —dijo Teresa, seria.
—¿Pero eso incluye las que rompemos con el pensamiento? —preguntó Elena.
—Solo si el pensamiento es autodestructivo y va dirigido hacia la vajilla, nunca a la persona —remató Luisa.